El hipocístide

Flores de una planta subterránea, el hipocístide, recorridas por sus polinizadores, las hormigas.

Lo vi por primera vez en un jaral de la Sierra del Relumbrar, en los confines orientales de Sierra Morena. Corría el mes de junio y la alta primavera terminaba; en la dehesa vecina el pasto empezaba a dorarse, presagio de la cercanía del verano al igual que los florones marchitos de las jaras. Eran jaras pringosas, brillaba al sol el ládano que exudaban sus hojas con el calor, y bajo ellas, al pie de sus tallos más altos que un hombre, se entreveía un suelo sembrado de sus restos secos, de ramas que obstaculizaban el paso y esa hojarasca negruzca que apenas fertiliza la tierra.

Perdido en ese mar de hojas muertas estaba el hipocístide. Había brotado desde el subsuelo, de entre las raíces de esas jaras cuya savia era su único sustento. Había emergido al aire su modesta masa de flores amarillas, carnosas, de cáliz rojo, apelotonadas a ras de tierra en un solo paquete. Las recorrían unas hormigas, los polinizadores más corrientes de esta inusual planta. Cuando dieran fruto, se lo comerían los escarabajos Pimelia, gruesos y oscuros; más tarde ellos expulsarían las semillas a través de sus heces, ayudando así a dispersarse a este parásito de las jaras.

Cytinus hypocistis es la única planta conocida que dispersa sus semillas mediante escarabajos. Hay otros Cytinus en Sudáfrica, donde impera como aquí el clima mediterráneo; ninguno de ellos asoma al exterior algo más que las flores, todos son parásitos subterráneos. Recuerda nuestro hipocístide, también llamado “teticas de doncella”, a las Rafflesia de las junglas asiáticas, que viven del mismo modo, aunque sus flores pueden pesar más de diez kilos en el caso de Rafflesia arnoldii y las polinizan moscas que las toman por una carroña.

El jaral, a su manera, también semeja una jungla. Al atravesarlo rompen la leña los ciervos y jabalíes, no los pecaríes y tapires. Se desliza por sus marañas una gigantesca serpiente peluda, el mítico alicante, en realidad una fila de mangostas que se siguen cola con cabeza, seres de afinidades selváticas a los que llamamos meloncillos. En el dosel de las jaras no encontraremos boas enroscándose, pero sí víboras hocicudas y culebras diversas trepando de rama en rama. No hay iguanas soleándose en los troncos, sino lagartijas colilargas saltando por ellos. Como la selva, las extensiones verdes del jaral o bien resultan impenetrables para los humanos, o bien al explorarlas corremos el riesgo de perdernos fácilmente. La mayor diferencia práctica podría ser que los hombres destruyen la jungla pero en cambio propagan el jaral, pues al quemar el monte se despiertan con el fuego las semillas de las jaras, que germinarán masivamente conquistando los campos de ceniza y haciendo de ellos un matorral, en lugar del pasto que quizá se pretendía al incendiar el paraje. Así los humanos perjudicamos a muchos árboles y arbustos, que desde hace milenios han perdido terreno ante el avance de la jara, pero favorecemos sin saberlo, por ejemplo, al hipocístide…