Los fósiles

Somos el resultado de millones de años de evolución, y los fósiles nos ayudan a entenderlo. Conocer estos restos de la vida prehistórica nos permite comprender mejor cuál es nuestro lugar en el mundo. Si además nos fijamos en los fósiles de nuestra propia tierra, aprenderemos también a valorarla más, a mirarla de otro modo. Acompañadme a descubrir los fósiles de la provincia de Ciudad Real. A través de ellos viajaremos en el tiempo hacia edades cada vez más remotas, hasta llegar a estratos más antiguos que las montañas y los mares del presente.

Junto a los ríos, en vaguadas con muchos guijarros, no será difícil encontrarnos con los fósiles más jóvenes de nuestro viaje. Parecen cantos tallados toscamente, de una manera que la naturaleza no puede conseguir. Son herramientas de piedra, labradas a golpes por los hombres primitivos que vivieron aquí durante el Paleolítico. Se piensa que las más elaboradas pertenecieron al hombre de Neanderthal, y las más rudas a su antepasado, al Homo heidelbergensis. Algunas de estas herramientas tal vez tengan hasta medio millón de años, quizá más. Es difícil saberlo, porque suelen aparecer esparcidas por el suelo y no incrustadas en un estrato cuya antigüedad pueda averiguarse. Solo en los últimos años se han encontrado por fin estas industrias enterradas, en unos aluviones del Guadiana de hace unos trescientos mil años; junto a ellas aparecieron también huesos de elefantes, quizá cazados por los talladores de cantos.

Antes de que llegase el primer hombre a estas tierras ya las habitaban grandes animales, y sus huesos se acumularon en el fondo de las lagunas donde acudían para beber. Esas lagunas se formaban en amplios cráteres volcánicos, los maares, nacidos de una explosión subterránea de agua hirviente, magma y roca. El relleno del maar de Las Higueruelas, en Alcolea de Calatrava, nos habla de llanuras recorridas por los gigantescos mastodontes Anancus arvernensis, por rebaños de gacelas, de caballos primitivos; había rinocerontes y guepardos gigantes, hienas y colosales tortugas. Esos eran los habitantes del Campo de Calatrava cuando sus volcanes estaban en plena actividad, hace como tres millones de años, a finales del periodo Terciario.

Mucho antes en el tiempo geológico fue la era de los reptiles. Hace como setenta millones de años, en los días del periodo Cretácico, los dinosaurios hacían temblar el suelo de las islas que por entonces había donde ahora está la serranía de Cuenca. Un mar somero cubría lo que ahora es La Mancha, y en él había arrecifes, escollos hechos de las conchas de unos animales insólitos: los rudistas. Imaginemos que una de las conchas de una almeja creciera grotescamente hasta convertirse en una suerte de copa o cucurucho, y que la otra concha la tapase. En esencia, así era un rudista. Junto a estos moluscos vivían también algunas ostras, las Exogyra, un género hoy extinto.

El mar de los rudistas había sido mucho más profundo cuando estos aún no existían. Durante el periodo anterior al suyo, es decir, el Jurásico, en el fondo de ese mar se depositaron gruesas capas de fango calcáreo. Con el tiempo se petrificaron, transformándose en roca caliza, la misma que hoy aflora en los riscos que flanquean las lagunas de Ruidera. Muy escasos son los fósiles en estas calizas del Campo de Montiel, pero abundan en ciertos niveles. Uno de ellos es un estrato hecho de pequeñas conchas marinas, con muchas caracolas. El nivel inferior, de comienzos del Jurásico, se compone de caliza gris azulada repleta de restos de lirios de mar (crinoideos), animales con aspecto de planta que quizá formaban praderas sumergidas en las profundidades, agitando sus brazos plumosos.

En contraste con este mundo acuático, el periodo anterior, el Triásico, nos lleva a un paisaje seco, no lejos de la costa, un delta fluvial cuyos brazos serpenteantes depositaban arenas rojas y verdes. De vez en cuando el mar inundaba la llanura costera, dejando al retirarse algunos fósiles de reptiles marinos. Así se explica el hallazgo, cerca de Alcázar de San Juan, de dientes y trozos de coraza de unos reptiles extravagantes llamados placodontos. Con unas proporciones que recordaban a las de una gran tortuga, los placodontos buceaban en las aguas cálidas del mar de Tethys, el ancestro del Mediterráneo, y en su fondo comían moluscos, cascando las conchas con sus dientes como placas. Ante los placodontos, en la orilla, crecían árboles tipo conífera cuyas ramas se han preservado hasta hoy como xilópalo, madera silicificada. Algo parecido a un manglar crecía en La Mancha hace más de doscientos millones de años.

Dejamos los tiempos triásicos y así abandonamos la era de los reptiles para adentrarnos en la era Paleozoica. Es la que más fósiles ha dado en Ciudad Real, por ser sus rocas las que mayor superficie cubren en ella. Las sierras de esta provincia, de Sierra Morena a los Montes de Toledo, se componen básicamente de rocas paleozoicas, en ocasiones plagadas de fósiles.

No sabemos qué ocurría en lo que ahora es Ciudad Real durante el último periodo del Paleozoico, el Pérmico, pues no se conocen por aquí rocas formadas entonces. Pero del periodo anterior, el Carbonífero, sí se conservan muchos fósiles. Proceden del carbón de Puertollano, de las selvas pantanosas donde se originó este combustible hace unos trescientos millones de años. Aquellas junglas carboníferas constaban de gigantescas plantas sin flores ni frutos: helechos, equisetos, licopodios… Esta flora prosperó en los primeros bosques de La Tierra, cuando todavía no había dinosaurios, aves o mamíferos que los recorrieran. Fueron los días de los insectos gigantes y de anfibios monstruosos, el extraño primer esplendor de la vida en tierra firme. En los carbones de Puertollano abunda el licopodio Omphalophloios, se descubrió para la ciencia al anfibio Iberospondylus y aparecen restos de tiburones espinosos, como Orthacanthus, atestiguando una conexión con el mar, una jungla costera.

Algunos fósiles de Ciudad Real ilustrados por Verneuil y Barrande (1855). Fueron hallados por Casiano de Prado y publicados en un trabajo pionero de la paleontología ibérica, del cual proceden los escaneos (ver referencias al final).

Todos los fósiles de antes del Carbonífero en la región son marinos, reflejo de una Tierra donde la vida se concentraba aún en el mar donde había surgido. Los alrededores de Almadén y el sur del Campo de Montiel albergan restos de vida del periodo que precedió al Carbonífero, el Devónico. Los hallaremos en estratos llenísimos de fósiles, principalmente conchas anaranjadas. Casi todas son restos de braquiópodos, unos animales con apariencia de almejas pero pertenecientes a una rama del reino animal distinta a los moluscos. Los braquiópodos, hoy casi extinguidos, abundaban increíblemente en los mares del Paleozoico. ¿Por qué cambió tanto su suerte?

Continuamos nuestro vertiginoso descenso por el abismo del tiempo. Llegamos así al periodo Silúrico, a sus mares cargados de animalillos flotantes cuyos fósiles se llaman graptolites. Parecen como líneas blancas dibujadas en las pizarras negras de Almadén y del Campo de Calatrava. Entre ellos veremos, muy de allá para cuando, un resto de escorpión marino (euriptérido), un pariente acuático de las arañas que debió de ser el terror de los primeros peces. Bajo estas pizarras negras está la roca que en Almadén contiene el cinabrio: la Cuarcita de Criadero. El cinabrio, ese mineral rojísimo que combina el azufre con el mercurio, impregnó la roca como resultado de erupciones volcánicas submarinas, ocurridas a principios del Silúrico.

Proseguimos el viaje en el tiempo rumbo a un mundo ya definitivamente muy extraño. Sería asfixiante para nosotros respirar su aire, pues contenía mucho menos oxígeno que el actual debido a la ausencia casi total de plantas. En los mares sería inútil buscar seres más complejos que un pez sin mandíbulas. Así era La Tierra del periodo Ordovícico, en plena edad de los invertebrados. Multitud de fósiles de invertebrados marinos aparecen fantásticamente conservados sobre todo en las pizarras de mediados del periodo, formadas hace como cuatrocientos sesenta millones de años. En los centenares de yacimientos de estas pizarras, repartidos por Sierra Morena y los Montes de Toledo, se han hallado muchísimos trilobites, esos fósiles tan coleccionables y hermosamente simétricos. De hecho es un trilobites, Neseuretus tristani, el que da nombre a la fauna propia de estas pizarras. La fauna de Neseuretus, con sus trilobites, graptolites, braquiópodos, nautiloideos, caracoles primitivos y otros grupos, habitaba en las frías aguas cercanas al polo sur de la época. Todavía antes, a principios del Ordovícico, enormes trilobites removían las arenas de la costa. Sus rastros fosilizados, llamados Cruziana, son el fósil más corriente de las sierras donde ahora podemos contemplar esas arenas transformadas en una durísima roca, la Cuarcita Armoricana. Esta roca en ocasiones incluso nos muestra rizaduras del oleaje, petrificadas pero inconfundibles.

Antes del mundo ordovícico la vida en La Tierra era más sencilla aún, dominada por los trilobites junto con algunos otros invertebrados. Componían la fauna del periodo Cámbrico, que vio la aparición de las primeras formas de vida complejas. El primer fósil del Cámbrico que se descubrió en España fue hallado en Ciudad Real, en Los Cortijos de Malagón, cerca de los Montes de Toledo. En la infancia de la geología, los trilobites de este yacimiento ayudaron a consolidar la idea de que la vida compleja surgió en el Cámbrico, como ya contamos por aquí en otra historia. De comienzos del Cámbrico se conservan muy pocos fósiles en la provincia, casi todos son rastros de animales marinos semejantes a gusanos, pero también hay una huella inconfundible llamada Astropolichnus, que podría corresponder al anclaje de un pólipo, y se encontraron en el Valle de Alcudia las conchas de Anabarella, molusco ancestral descubierto en Siberia.

El origen de la fauna del Cámbrico intrigaba al propio Charles Darwin. El padre de la teoría de la evolución se preguntaba dónde estarían los fósiles de los antepasados de todos esos animales, que no podían haber surgido de repente siendo ya tan complejos. Desde los tiempos de Darwin se han hallado algunos fósiles que podrían ser los de tales ancestros, anteriores al Cámbrico; proceden de rocas que tradicionalmente se han tenido por carentes de fósiles. En Abenójar tenemos a uno de estos animales antiquísimos: Cloudina, el animal con concha más antiguo que se conoce. Sus fósiles como tubitos se han encontrado en algunos otros enclaves de España, único país europeo donde se la ha hallado. En los mares poco profundos donde crecían las Cloudina había también algas, como Vendotaenia, y algunos animales desconocidos, muy simples, que nos dejaron sus rastros fosilizados. A escala mundial somos unos privilegiados por disponer de yacimientos en la provincia de esta etapa clave de la historia de la vida, la del origen del reino animal.

Cloudina solo vivió durante el periodo Ediacárico, hace unos quinientos cincuenta millones de años. No se conocen fósiles más antiguos en todo el territorio de Ciudad Real, ni en toda España. Así pues, nuestro viaje al pasado finaliza aquí, al filo de un precipicio de tiempo, al borde de lo desconocido.

Referencias:
– Los primeros fósiles hallados en Ciudad Real: Mémoire sur la géologie d’Almaden, d’une partie de la Sierra Morena et des Montagnes de Tolède, par M. Casiano de Prado; suivi d’une description des fossiles qui s’y recontrent, par MM. de Verneuil et Barrande. Extrait du Bulletin de la Société Géologique de France, 2ª série, t. XII. Paris, Imprimerie de L. Martinet, Rue Mignnon, 2. 1855.
– Carricondo, J.F. 2007. Historia geológica de la provincia de Ciudad Real. Biblioteca de Autores Manchegos, Diputación de Ciudad Real.
– Ciudad Serrano, A. 2000. El Paleolítico en Ciudad Real. Síntesis valorativa. SPAL 9, 167-177.
– Simón, J. 2015. Fósiles de los primeros animales en Ciudad Real. Cuadernos de Estudios Manchegos 41, 15-27. // 2018. A transitional Ediacaran-Cambrian biota in the Abenójar anticline. Estudios Geológicos 74, e084.