Las peñas del bú

Riscos de búhos recibiendo los primeros rayos de sol.

Al final del camino dejé el coche, que estaba otra vez cubierto de polvo, y bajé campo a través en dirección a los riscos donde hacía unos años se posaba a otear un águila culebrera, más o menos a esa misma hora tras el amanecer. Desde una ladera cercana enfoqué los prismáticos: nada… moviéndolos recorrí ese paisaje estepario de sierras desgastadas, solo animado por el hilo verdoso de un arroyo que a duras penas desafiaba con sus charcos al sol implacable del verano. En el horizonte, algunos volcanes desventrados por canteras recordaban que esa tierra era el Campo de Calatrava y servían de fondo violáceo a una corza y su corcino, que desayunaban en un altozano, reducidos por la distancia casi a puntos entre encinas negruzcas. Ningún otro animal aparecía en escena.

Pero esa quietud solo venía de mirar con demasiado aumento: nada más apartar la vista de los oculares y girarla a la izquierda, me encontré con que había en las peñas de aquel cerro dos búhos reales, rechonchos y leonados. Subidos a sus moles rocosas, vigilaban a su visitante, los ojos como almendras escarlatas vistos con los prismáticos, con los cuales seguramente tenía yo peor visión que ellos sin ninguna ayuda óptica. ¿Qué les habría entretenido hasta hacérseles tan tarde, para sus horarios nocturnos? ¿Qué hacían por allí todavía, con el sol tan alto? ¿Acaso no temían al hombre, o a las águilas que planeaban con frecuencia por esos perdederos? Sea como fuese, la pareja buhística se cambió varias veces de posadero en un rato, y luego desaparecieron tan misteriosamente como llegaron.

Como era inevitable, pasados unos días volví a sus peñascos, pero una o dos horas después, con la intención de no molestarlos, pensando que estarían ya acostados en la covacha que, sin duda, usarían como guarida. La mañana además tampoco acompañaba a que saliesen, pues amaneció gris y amenazando tormenta. Una llovizna muy fina vino pronto del flanco de los volcanes, pero se agradecía como alivio de la calima.

Toda la cuerda de peñas estaba sembrada de rastros dejados por los búhos. Las rocas, unas calizas grises con lunares pálidos de líquenes, relucían ya de lejos con las amplias salpicaduras blancas de sus excrementos, lanzados a presión, al estilo de las rapaces, desde sus perchas favoritas. En una oquedad había muchas plumas blanquecinas, con el cañón rajado por el pico del búho… y al lado de ellas, dos patas de ave arrancadas de cuajo. Sus garras curvadas, negras, su plumaje que las calzaba hasta los dedos, y un poco de investigación en casa, confirmaron la sospecha inicial: eran restos de un búho chico devorado por los búhos reales.

¿Podríamos llamar a esto canibalismo? No del todo, porque el búho real, Bubo bubo para los biólogos, pertenece no ya a otra especie, sino a un género distinto al del búho chico, al Asio otus de Linneo. Aunque búhos eran ambos, al fin y al cabo, y no dejaba de ser bastante alarmante ese mundo de búhos comiendo búhos que vislumbré aquella mañana. Aprendí por entonces que cazar búhos chicos era solo la punta del iceberg para el búho real. Si bien su dieta se basa en conejos, cuando puede, la literatura científica citaba como presas del búho real en España, entre otras muchas, las del siguiente repertorio: erizos, zorros, perros, meloncillos, garduñas, comadrejas, azores, ratoneros, águilas culebreras, águila perdicera, alimoche, aguiluchos laguneros, lechuzas, mochuelos y autillos, cárabos, búhos chicos (confirmado) y… sí, búhos reales también. Ningún animal de la fauna ibérica depreda sobre el búho real adulto, que se sepa. Ante semejante fiera, no es raro que en el Campo de Montiel y otras comarcas se hablase antaño del bú, un búho gigante, pavoroso, con ojos de fuego y garras mortíferas, que ulula de noche en la sierra y que según algunos quizá sea el eco remoto de alguna olvidadísima deidad ibérica, tal vez con cuerpo de hombre, reducida desde hace mucho a un asustaniños: el bú, que se lleva a los niños que no duermen la siesta… Aunque en este caso, vistos los apetitos del búho real, ¿quizá la realidad daría más miedo que la ficción?

Referencias:
– Penteriani, V. y Salgado, M.M. 2016. Búho real – Bubo bubo. En: Enciclopedia Virtual de los Vertebrados Españoles. Salvador, A., Morales, M. B. (Eds.). Museo Nacional de Ciencias Naturales, Madrid. http://www.vertebradosibericos.org/
– Villar Esparza, C. 2004. Mitología popular (Campo de Montiel). Revista de folklore 282, 183-195.