Selva

Una laurisilva canaria, selva de laureles similar a la que cubrió la Península Ibérica.

Hace millones de años…

La niebla desciende por las laderas tapizadas de jungla. El vapor recorre las hojas de los laureles, de los tejos y de las enredaderas que cuelgan desde sus copas: hiedras, vides, madreselvas… Los troncos cubiertos de musgo empapado forman un laberinto de ramas y columnas retorcidas. En él se pierden con la bruma extraños mamíferos, hoy extintos, que saltan, trepan y se arrastran por un mar de helechos, por un sotobosque impenetrable. A lo lejos vislumbramos un claro con una pradera; alcanzamos a distinguir allí varios animales parecidos a caballos, pero no mayores que un cordero. Delante de nosotros, en la hoja de un arbusto, ácaros casi microscópicos corretean y se esconden en las oquedades que la planta les ha dispuesto como refugio. Todavía hoy encontramos estos escondrijos, los domatia, en el envés de las hojas del sanguino y de otras reliquias vegetales.

La niebla avanza retorciéndose por el follaje, difuminando el verde lustroso de los tulíperos, de las magnolias de flores asombrosas, de los laurocerasos y acebos primitivos. Nos parece contemplar un mundo perdido, un esplendor de la vegetación como nunca ha vuelto a repetirse por el sur de Europa. Bajo un cielo cargado de nubes y calor, los velos nebulosos que se ciernen sobre las laderas selváticas dibujan por un momento un paisaje que nos hace olvidarnos de nosotros mismos, nos vacía de toda sensación de duración, y sentimos que desaparece el tiempo. El tiempo es este instante, todo el tiempo del universo es ahora.

Y sin embargo, estas selvas de laureles, estas laurisilvas, sucumbieron al tiempo como todo. Su apogeo fue hace unos cincuenta millones de años, a comienzos del periodo Terciario, pero al avanzar ese periodo se fue estropeando el clima casi tropical que las sustentaba. Los inviernos se volvieron cada vez más fríos y los veranos poco a poco más secos, sobre todo durante los últimos cinco millones de años aproximadamente. Siglo tras siglo, la flora exuberante de las laurisilvas perdió un terreno que ganaron las encinas, las coscojas y demás arbustos adaptados a las nuevas condiciones, a un clima recién nacido que hoy conocemos como clima mediterráneo. Se extendieron los campos abiertos y en ellos evolucionaron plantas nuevas, hierbas y matorrales de flores vistosas y frutos secos: romeros, lavandas, jaras… ¿Qué quedó de la antigua jungla? Un puñado de recuerdos vivientes, de arbustos y arbolillos con hojas duras, perennes, con frutos carnosos comidos por los pájaros, que así dispersan las semillas. Plantas como el olivo, el lentisco, el aladierno, el laurel… Además de esta vegetación, llamada esclerófila, también quedaron como supervivientes de la selva algunas lianas, como la esparraguera y la zarzaparrilla; en las costas sobrevivió una palmera enana, el palmito.

El resultado de todo esto, de esta mezcla de plantas antiguas y nuevas, es la flora mediterránea, la maravilla vegetal que nos rodea, una enorme variedad de especies que poca gente sabe valorar como se merece. Porque fuera de los trópicos no hay territorios con más diversidad de plantas que los de clima mediterráneo.

Pero la laurisilva no murió del todo. Retazos de aquella jungla primordial crecen aún en las islas Canarias, alimentados por la humedad del océano. Allí, en Garajonay o Anaga, en el Canal y los Tilos, la niebla sigue enroscándose entre los laureles cuajados de musgo y helechos, las gotas siguen cayendo bajo el dosel del brezo y del til, hoy como hace millones de años, como si el tiempo, de alguna manera, sí pudiera detenerse.

Referencias:
– Una buena guía para conocer los árboles de Europa, incluyendo la laurisilva canaria: Spohn, M. y Spohn, R. 2011. Nueva guía de campo de árboles de Europa. Omega, Barcelona.
– El origen de la flora mediterránea en el primer capítulo de: Thompson, J. D. 2005. Plant Evolution in the Mediterranean: Insights for conservation. Oxford University Press, USA.
– La misma historia, a grandes rasgos, se ha repetido en todas las regiones de clima mediterráneo; lo conté con más detalles en: Simón, J. 2016. El monte mediterráneo – Una guía para naturalistas. Tundra Ediciones, Castellón.