El saetón

Una joven culebra de escalera. Campo de Montiel.

Por toda la Sierra Morena y sus aledaños se oyen a veces historias sobre el saetón, una serpiente extraordinaria. Unos dicen que es descomunal, otros cuentan que hinca la cabeza en el suelo y da latigazos con todo su cuerpo al desdichado pastor o cazador que acierta a encontrárselo. Para algunos sería negro, para otros verde; hay quien afirma que tiene como agallas detrás de la cabeza, pero casi todos coinciden en que el saetón vuela. No solo se le ve por el aire yendo como una flecha, de una rama a otra, sino que eso le encanta; además se impulsa con la cola elevándose asombrosamente. También se sabe, por lo visto, que puede paralizarte con la mirada y que su veneno es peligrosísimo.

Tras reunir toda la escasa información posible acerca de este reptil sin parangón, José Gilabert Carrillo concluyó en 2014 que no está claro a qué serpiente podría corresponder de entre las que conoce la ciencia. ¿Será el saetón en realidad la víbora hocicuda (Vipera latastei)? Se trata del único ofidio ibérico cuya mordedura puede ser mortal para los humanos, si bien la víbora nunca muerde si no se siente amenazada y ni su talla modesta ni su carácter tímido concuerdan con los relatos del saetón. La creencia en el vuelo de este podría venir de una costumbre que tienen la víbora hocicuda y otras serpientes, a saber, la de subirse en los días calurosos a las ramas, huyendo del suelo demasiado cálido o buscando quizá nidos de ave donde comer pollos. Un desplazamiento largo de rama en rama, o un salto entre ellas, puede ser tomado erróneamente por un vuelo.

A esta afición por enramarse alto se suma la culebra bastarda (Malpolon monspessulanus), nuestra segunda candidata al mítico saetón. Aunque puede ser muy negruzca y agresiva, alcanzando longitudes imponentes de hasta dos metros cuarenta centímetros (la mayor serpiente europea), no cuadra con las características del saetón su veneno, ya que la bastarda pocas veces lo inocula al morder, porque lleva los colmillos venenosos al fondo de la boca. Además, cuando emponzoña el mordisco solo provoca una hinchazón acompañada de dolor y entumecimiento, síntomas que por lo general pasan tras unas horas sin mayores complicaciones. Otra hipótesis plantea a la culebra de collar (Natrix natrix) como saetón, cuyas agallas se inspirarían en el “collar” de los adultos de esta especie, una banda pálida que rodea lo que sería el cuello del animal.

En resumen, no salimos de dudas con el saetón (si es que existe). Sí parece seguro que, a causa de su leyenda negra, se ha matado en el campo a muchas serpientes, “no sea que vayan a ser un saetón”. Y no solo por esto, sino por pensar que todas las serpientes son peligrosas, todas atacan sin ser atacadas y engullen ingentes cantidades de huevos de perdiz, perdigones, gazapos, pollos… Como decía un lugareño del Campo de Montiel: “si es que… culebras, águilas, zorras… ¿to eso, qué produce? ¡Solo quitar caza!”.

Es difícil explicar a quien no está dispuesto a entender. Como razono con mis alumnos, los seres vivos que nos acompañan merecen respeto no solo porque algunos resulten útiles, no solo porque todos desempeñen una función en la naturaleza, sino porque son valiosos simplemente por existir, porque no los ha creado el hombre y no podría hacerlo aunque quisiera. Si valoramos nuestro patrimonio histórico y artístico, ¿cómo no vamos a apreciar también nuestro patrimonio natural, si además es algo que nos ha sido dado, que no podríamos crear desde cero? Pero dejemos aparte estos argumentos, tan conocidos como despreciados por muchos que no se dejan guiar por razones, y veamos “qué produce”, por ejemplo, una culebra bastarda. Una culebra que, dicho de paso, bien pudiera haber inspirado a otro ofidio de leyenda, a la misteriosa alicántara, cuya vida y obras no igualan en rareza al saetón.

El ecólogo José Antonio Valverde, uno de los primeros naturalistas científicos de España, describió la dieta de la culebra bastarda en su libro “Estructura de una comunidad mediterránea de vertebrados terrestres”, de 1967. En él nos detalla qué come esta especie, según las setenta y una presas que halló al examinar cuarenta y ocho estómagos de sendas serpientes, capturadas en Doñana. Las presas más numerosas fueron con diferencia las lagartijas y el lagarto ocelado; roedores, musarañas y pollos eran minoritarios. Solamente apareció algún conejo en los ejemplares mayores, culebras enormes que en ocasiones se comían a otras de su misma especie, como pudo confirmar en un estómago. Así, por cada “saetón” que se mata puede que se les esté dejando vivir a varios más que ese habría cazado… Y en ese caso, irónicamente, tal vez los relatos de la serpiente voladora hayan convertido a sus pretendidos enemigos en sus aliados involuntarios. La ignorancia, a menudo, tira piedras sin saberlo contra lo que considera su propio tejado.

Referencias:
– Gilabert, J. 2014. La alicántara, el alicante y el saetón.
– Valverde, J.A. 1967. Estructura de una comunidad mediterránea de vertebrados terrestres. Estación Biológica de Doñana, Consejo Superior de Investigaciones Científicas. – un libro clave de la ecología ibérica.