
En verano, junto al pueblo manchego de Pozuelo de Calatrava, se ve una hondonada amplia que reluce a lo lejos. Es una laguna de esas que en La Mancha suelen secarse con el calor, mostrando entonces su fondo cubierto de una costra blanquísima de cristales de sal. Si curioseamos por los secarrales que la rodean, al levantar alguna piedra quizá nos llame la atención algo, a su manera más raro que los flamencos y demás aves acuáticas que hubiéramos podido observar si la laguna tuviese agua. Bajo la roca, por unos estrechos túneles en la tierra, se pasean unas pequeñas hormigas pardas… pero entre ellas hay algunas más claras, distintas. ¿Qué está pasando aquí? ¿Cómo puede haber dos tipos de hormigas en el mismo hormiguero?
La paciencia y una lupa de diez aumentos nos descubrirán que las hormigas claras tienen las mandíbulas en forma de hoz, a diferencia de las otras. Esta pista le hubiera sugerido a su descubridor, Auguste Forel, la solución al misterio. Corría el año 1897 cuando este investigador suizo describió para la ciencia a esta especie de hormiga, a partir de ejemplares cogidos en Pozuelo por el médico canario Cabrera y Díaz. La hormiga, por sus peculiares mandíbulas, debía de tratarse de una esclavista; hoy sabemos que así es. Llamaremos a esta hormiga “la esclavista de Pozuelo”, porque su nombre científico, Strongylognathus caeciliae, es lo bastante engorroso como para sustituirlo aquí por un apelativo más fácil de recordar. La esclavista de Pozuelo solo ha sido hallada en un puñado más de lugares de la península Ibérica, casi siempre dentro de los nidos de sus esclavas. Estas son invariablemente hormigas del género Tetramorium, parientes suyos muy cercanos, como suele pasar con las hormigas esclavizadoras. De la esclavista de Pozuelo poco más se sabe, pero otras especies muy emparentadas con ella sí han sido vistas en acción esclavizando. En Europa, estas costumbres inauditas de las hormigas se conocen en la hormiga amazona mejor que en ninguna otra especie.
A veces, durante las tardes de verano, las hormigas amazonas europeas (Polyergus rufescens) organizan ataques por sopresa a otros hormigueros para capturar esclavas. En el caso de la hormiga amazona, estas incursiones, llamadas razias, siempre van dirigidas contra hormigueros del género Formica, su género hermano en el árbol genealógico de las hormigas. En una razia las amazonas entran al hormiguero ajeno a robar crías. Se las llevan en estado de pupa, y durante el robo siembran el caos entre las hormigas de la colonia. Esa confusión se consigue liberando un mensaje químico, una feromona, que hace a las Formica correr de un lado para otro, aterradas y desorganizadas. La que se atreva a plantarles cara a las esclavistas será eliminada rápidamente, perforándole la cabeza con esas mandíbulas en hoz que solo sirven como arma. Con ellas las amazonas no pueden ni alimentarse, ni cavar, ni si quiera cuidar de sus propias crías. Para todos esos quehaceres cotidianos delegan en sus esclavas. Acabada la razia, las amazonas guardan en su propio hormiguero las pupas robadas. Allí se convertirán en hormigas Formica adultas, las cuales desde el primer momento asumirán que ese es su nido. Por tanto, se ponen a trabajar en él. Cuidarán de sus secuestradoras como si fuesen sus propias hermanas, les darán de comer, les construirán túneles y sacarán adelante a las hijas e hijos de la reina amazona. Y lo harán de buen grado, porque su instinto no les permite otra cosa.
Para fundar un nuevo hormiguero, una reina amazona recién fecundada ha de dar un golpe de estado en una colonia de Formica. Protegida por una secreción cuyo olor calma la agresividad de esas hormigas, la reina amazona se deja capturar por ellas. La sueltan pronto, y entonces la intrusa se interna hasta el centro del nido. Allí matará a la reina legítima. Consumado así el destronamiento, la usurpadora logra que las obreras de Formica la atiendan y críen a su propia descendencia, gracias a un elaborado código de mensajes olfativos. El golpe de estado ha prosperado: ha surgido un nuevo hormiguero esclavista.
Otras reinas parásitas adoptan una estrategia mucho más pacífica. En las cumbres de Sierra Nevada, la diminuta reina de Teleutomyrmex kutteri, todavía con alas, se adentra intrépida en un hormiguero de Tetramorium. Allí localiza a la hormiga reina y simplemente se sube a ella, como si la cabalgase. Pasará el resto de su vida así agarrada, y las obreras de Tetramorium la cuidarán como si fuese una reina más. La reina original prosigue su gobierno, pero encima de ella la Teleutomyrmex pone sus huevos y las obreras los atienden. De esos huevos solo saldrán futuras reinas y machos de Teleutomyrmex, no obreras. Así que esta hormiga inquilina no tiene hijas que esclavicen. Parece buena idea, porque realmente, ¿para qué tanta lucha, toda esa locura de las razias? ¿Acaso no basta con aprovecharse de la clase trabajadora sin que esta lo note? Y mucho mejor si se consigue sin violencia.
En la península Ibérica hay unos cuantos ejemplos más de hormigas esclavistas e inquilinas. ¿Hasta qué punto se parecen sus sociedades a la nuestra? Hagan sus conjeturas…
Referencias:
– Casi toda la información sobre las hormigas ibéricas de este texto procede de una fantástica guía de hormigas: Lebas, C., Galkowski, C., Blatrix, R. y Wegnez, P. 2017. Guía de campo de las hormigas de Europa occidental. Omega, Barcelona.
– Quizá la mejor introducción al mundo de las hormigas que se haya escrito, de la cual proceden las historias sobre legionarias, cortahojas… Hölldobler, B. y Wilson, E.O. 1996. Viaje a las hormigas. Crítica, Barcelona.
– La ilustración de Teleutomyrmex procede de: Wilson, E. O. 1971. The Insect Societies. Cambridge: Harvard University Press.