Le llevé a casa una vaina pequeña, verde, que contenía una hilera de semillas parecidas a guisantes enanos y aplanados. – ¡Son brísoles! – dijo mi padre, que llevaba décadas sin ver uno, pese a conocerlos muy bien por haber comido muchísimos en su infancia, como era la norma entre los niños de los añosSigue leyendo «El mes de los pobres»