La niebla helada

Apenas se ve nada más allá de diez pasos, salvo la silueta difusa de las encinas. Cuelgan de sus hojas pequeñísimos hilos de hielo, hechos al congelarse el rocío sobre cabos de seda tendidos por minúsculas arañas. No conviene alejarse del camino en estas condiciones. La niebla del invierno convierte un paraje conocido de antemanoSigue leyendo «La niebla helada»

Las bellotas

Las encinas las dan unos otoños en abundancia y otros escatimándolas, sin que sepamos por qué. Cuando están maduras, su piel se vuelve marrón intenso y tienen un sabor parecido al de las castañas. Al abrirlas para pelarlas, su carne color crema también recuerda a ese fruto seco. Pero conviene revisar bien la bellota antesSigue leyendo «Las bellotas»