Las bellotas

Grullas comunes (Grus grus), grandes comedoras de bellotas, ilustradas por John Gould (1873).

Las encinas las dan unos otoños en abundancia y otros escatimándolas, sin que sepamos por qué. Cuando están maduras, su piel se vuelve marrón intenso y tienen un sabor parecido al de las castañas. Al abrirlas para pelarlas, su carne color crema también recuerda a ese fruto seco. Pero conviene revisar bien la bellota antes de comerla, porque no todas son buenas. Algunas no han madurado bien y amargan, otras no son de encinas dulces, y bastantes llevan dentro a un ocupante que seguramente no querremos deglutir. Estos intrusos de las bellotas de encina pueden ser de dos clases: elefantes o mariposas.

Primero está el gorgojo elefante, el Curculio elephas. El motivo de su nombre salta a la vista en cuanto uno ve al insecto adulto. Con su larguísima “trompa”, el rostro del escarabajo, la hembra perfora en la base de la bellota un agujero muy discreto. En él pondrá un huevo y lo empujará con el rostro hasta el centro del fruto. La larva, un gusano muy rechoncho, va comiendo bellota, excavando un pasadizo por dentro de ella, hasta que crece del todo y entonces sale al exterior, a través de un orificio circular. Para entonces la bellota habrá caído prematuramente al suelo, en donde el intrépido gusano escarbará sepultándose hasta medio metro o más de profundidad. En esos sótanos se hará un capullo de tierra para protegerse mientras se convierte en adulto. Con las primeras lluvias del otoño, saldrán del suelo los elefantes de la nueva generación, aunque algunos remolonearán un año más.

Luego están las mariposas de las bellotas, tres especies parduzcas de polillas. ¿Como distinguirlas? Si abrimos una bellota, la presencia de partículas oscuras sueltas y seda nos avisará de que ha habido polilla, y no gorgojo, cuyos desperdicios nunca llevan marañas sedosas y están compactados en vez de particulados. Por lo demás, la oruga de Cydia fagiglandana es roja, la de Cydia pankleriana solo lo es por la cabeza, y la de Pammene fasciana se diferencia por su color rosado con hileras de puntitos rojos. En comparación, la larva del elefante no parece una oruga, por carecer de patas y estar encorvada como una letra C. Las mariposas belloteras revolotean en verano, mueren en otoño, y pasan el invierno como orugas en una bellota (Cydia) o como crisálidas sobre la hojarasca (Pammene).

Aparte de estos belloteros especializados, son muchos, muchos más los animales que gustan de las bellotas de encina en nuestros montes, por no hablar de lo importantes que fueron estos frutos para consumo humano hasta tiempos no muy antiguos. En las dehesas, bandadas de cientos de grullas picotean en invierno las bellotas, agachando el larguísimo cuello para rebuscarlas por la hierba entre sonoros trompeteos. Otras aves, venidas como ellas del norte lejano, buscan también por entonces las bellotas, como los petirrojos, que a falta de insectos las comen picando trocitos, pero solo si antes las han abierto otros pajarillos. Pueden abrirlas, por ejemplo, los trepadores azules, esos trepatroncos que encajan la bellota en un hueco de la corteza para romperla a picotazos, o a veces los carboneros, que las sujetan entre las patas martilleándolas con el pico hasta romperlas. Como el petirrojo no puede hacer nada de eso, o no sabe, en cuanto oye el repiqueteo que hacen estas aves al trabajar la bellota allá que va a curiosear, e incluso se aproximará para coger las migajas que caigan mientras el trepador o carbonero coma su ración.

Abridores de bellotas: trepadores azules (Sitta europaea), por John Gould (1873).

Los animales grandes emplean otros trucos para conseguir las ansiadas bellotas. En ocasiones los venados se yerguen a dos patas para varear con las astas las ramas cuajadas de fruto, dándoles un certero cabezazo y comiendo luego las bellotas que caen al suelo. Mastican muchas también los jabalíes, pero las tragan enteras las palomas torcaces y los pájaros más coloridos de la familia del cuervo, los arrendajos. Estos harán despensas de bellotas enterrándolas aquí y allá, para tener provisiones cuando llegue lo peor del frío. Los ratones de campo hacen así mismo sus propios escondrijos belloteros, bajo las piedras. A veces uno de estos alijos de bellotas se queda olvidado o abandonado; a efectos prácticos, será como si el ratón o arrendajo las hubiera sembrado sin querer. Y entonces, gracias a estos comedores de bellotas, germinarán algunas y podrán crecer más encinas, que ofrecerán su fruto para beneficio de tantos y tantos animales de la fauna ibérica.

Referencias:
– Vidas del gorgojo elefante y las polillas belloteras en las fichas “Curculio elephas” y “Tortrícidos carpófagos” de: Fichas de plagas forestales de la Consejería de Medio Ambiente, Junta de Andalucía. Consultadas en enero de 2019.
– Los petirrojos comen trocitos de bellota dejados como residuo por trepadores azules y carboneros en los encinares: Herrera, C.M. 1977. Ecología alimenticia del Petirrojo (Erithacus rubecula) durante su invernada en encinares del Sur de España. Doñana Acta Vertebrata 4, 35-39.
– El venado vareando encinas procede de mis observaciones personales pero al parecer no es raro verlos haciendo eso.